JULIA Y EL DUENDECILLO RUPERTO

Imagen Al nacer la llamaron Julia. Un bonito nombre que sus padres decidieron ponerle desde el primer momento en que recibieron la feliz noticia de que aquel pequeño ser, que crecía a pasos agigantados en el interior de un cálido y acogedor vientre materno, era la niña tan esperada que siempre habían deseado.
Julia era la menor de cinco hermanos varones, y por lo tanto, la niña mimada de un modesto hogar donde el amor reinaba por encima de todas las cosas.
La belleza de la pequeña Julia no dejaba indiferente a nadie. Tenía la tez tersa y suave como la piel de un melocotón, unos grandes y rasgados ojos color avellana que emanaban una dulzura singular. Su pelo era tan largo y oscuro que al soplar el viento sobre él jugaba a moldearlo pintando simpáticas siluetas que desprendían un agradable aroma a vainilla.
A pesar de tener tan sólo nueve añitos, Julia era una niña con una gracia y un desparpajo inusual que camuflaba, de algún modo, una pequeña deficiencia que la hacía a los ojos de la gente aún más especial.
Lo que hacía tan interesante a Julia a la hora de relacionarse con los demás era la fabulosa habilidad que poseía para dibujar palabras en el aire y así, suplir la carencia de sus malogradas cuerdas vocales.
Julia disfrutaba mucho escuchando música y desde muy pequeñita soñaba con poder cantar y viajar alrededor del mundo. Pero su ausencia de voz añadida a la escasez de recursos económicos de los que disponía un humilde seno familiar, impedían que sus ansiados sueños se hicieran realidad.
Todas las tardes, cuando Julia terminaba sus obligaciones escolares, se refugiaba en la soledad de su minúscula habitación para escribir un sinfín de cuentos fantásticos en los que ella era siempre la protagonista de sus alocadas aventuras.
Todas las historias que la pequeña plasmaba en su ” Cuaderno Secreto”, reflejaban su deseo de convertirse en una prestigiosa cantante conocida mundialmente.
Un día al regresar del colegio, Julia empezó a sentirse mal y aconsejada por su madre se fue a reposar a su alcoba mientras toda la familia la colmaba de atenciones.Y así, entre caricias y arrumacos cargados de cariño interminable la pequeña quedó sumida en un profundo sueño.
Al despertar de su reparador letargo, Julia observó como una densa y húmeda niebla se colaba sin permiso por la ventana de su dormitorio. Asustada pero curiosa avanzó sigilosamente para tratar de adivinar lo que estaba sucediendo. Sin darse cuenta, tropezó torpemente con un extraño ser que se dirigía hacia ella. Julia aterrorizada quiso correr para abrir la puerta y ponerse a salvo de aquella criatura que se encontraba como por arte de magia en su habitación. Pero antes de que alcanzara a salir huyendo de allí, el estrambótico personaje no identificado la cogió de la mano e intentó tranquilizarla.
Cuando Julia se hubo sosegado comenzó a darse cuenta de que aquel atípico ser no parecía tan peligroso como pensó en un principio, ya que se trataba de un pequeño y divertido duendecillo que quería ayudarla a que sus sueños se hicieran realidad.
Este dicharachero duendecillo que decía llamarse Ruperto, el cual apenas levantaba un palmo del suelo, tenía unas enormes orejas puntiagudas que hacían contraste con una diminuta nariz sonrosada y dos pequeñitos y achinados ojos azules.
Ruperto siempre vestía con un ajustado y desteñido traje de color púrpura que parecía estar tatuado en su propia piel, y que al tacto era áspero y arrugado. Su tono de voz eran tan sumamente bajito que resultaba casi imperceptible al oído de cualquier humano.
Una vez que Julia y nuestro gracioso duendecillo Ruperto se hubieron presentado, utilizando cada uno su correspondiente lenguaje, empezó a surgir entre ellos una bonita amistad.
Todas las noches cuando la familia de Julia descansaba después de un largo y agotador día de trabajo, ésta escapaba por la ventana de su habitación donde Ruperto la esperaba subido en una blanca y radiante nube de algodón para volar sobre un cielo estrellado y así, poder viajar alrededor del mundo. Como muestra de agradecimiento hacia el duendecillo por haberle ayudado a cumplir uno de sus dos grandes deseos, Julia enseñó a Ruperto a comunicarse a través del lenguaje de signos dibujando cada palabra en el aire con estrellitas iluminadas que cogían en su paseo por las nubes de algodón.
Pasaron muchas noches viajando a países que jamás pensaron conocer y se divertían tanto que su amistad se hizo inquebrantable. Los días iban pasando y sin darse cuenta ya se había cumplido un año desde que estos dos personajes se conocieron. Para celebrarlo decidieron regalarse algo especial como símbolo de su hermosa amistad. Julia obsequió al duendecillo con un bonito cuento que plasmaba la historia que en su día surgió entre ambos, y Ruperto, emocionado e ilusionado, sopló un avivado y brillante polvo dorado que se introdujo en la garganta de la pequeña haciendo que surgiera de ella una voz prodigiosa en forma de cántico celestial que se escuchó en cada rincón del maravilloso mundo que ambos recorrieron juntos.

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